
He pensado muchas veces en el autoengaño. Esa pequeña mentira piadosa que nos imponemos sin apenas darnos cuenta. Es curioso como nuestro cerebro transforma informaciones a su antojo, evitándonos así el dolor correspondiente.
¿Cuantas veces hemos sido testigos de situaciones ajenas, que en el fondo sabemos semejantes a las propias, y hemos diagnosticado el problema y recetado la solución sin apenas pensárnoslo?
Eso sin contar las verdades que tus allegados te estampan con tal de que reacciones, mientras tú sigues buscando otra explicación, otro enfoque, otra... otra MENTIRA!
Al final a una le da por pensar que estos autoengaños no son más que otro sistema de autodefensa. Al igual que nuestro cuerpo se defiende a nivel orgánico, nuestra mente nos engaña defendiéndonos a nivel emocional.
Todo esto me lleva a plantearme con que frecuencia nos autoengañamos y si existe un límite aconsejable de esta práctica. Me gustaría saber hasta dónde podemos llegar con esa realidad medio inventada, paralela, que a fin de cuentas se convierte en "nuestra realidad".
Dentro de mi realidad edulcorada, ayer pensé en coger un avión... Antes de acostarme caí en la cuenta, ¿a quién pretendo engañar? El único motivo real de que hoy no esté en un aeropuerto es el miedo a comprobar que tu vida es mejor ahora que yo no estoy en ella.
